Expertos explican que sus ojos grandes, cabeza redondeada, movimientos torpes y comportamiento juguetón forman parte de un patrón biológico que favorece su desarrollo y aumenta sus posibilidades de supervivencia.
Durante esta etapa, el juego cumple un papel fundamental, ya que acciones como acechar, saltar, perseguir y morder suavemente funcionan como un entrenamiento para las habilidades de caza que necesitarán en la adultez.
Además, sus rasgos infantiles despiertan instintos de protección en los adultos, una estrategia evolutiva que contribuye a su cuidado. Con el crecimiento aparecen las diferencias físicas y de comportamiento, dando paso a los grandes depredadores que conocemos.
📎 Fuente: Divulgación científica
