Mientras interpretaba al Conde Olaf, el actor olvidó una de sus líneas. Sin salir del personaje, decidió dirigirse al director frente a la cámara, incorporando el error de forma natural y convirtiéndolo en un momento que muchos consideran incluso más divertido que el guion original.
La secuencia continúa siendo recordada por los seguidores del cine como una muestra del talento y la espontaneidad que caracterizan a Jim Carrey en cada una de sus interpretaciones.
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